12.7.10

MICROcuentos



Llegaba fría como la noche, sola y empapada en lágrimas tanto suyas como del cielo, las palabras no salían de su boca; su palidez era total y completaba lo siniestro de su mirada; no sabía quién era. Argumentaba yo que era todas y ni una, que sus manos frías y vacías tenían mucho más que contar y fue así, con esa luna, que la descubrí. Tras sus finos labios la verdad escapo lentamente, y lo insufrible de su cuerpo se volvía tan mortal como su locura. Ella esperaba ansiosa una reacción mía, pero mi cuerpo petrificado no sabía cómo accionar: ¿sería ella capaz de repetir sus acciones pasadas o podría controlarse esta vez? Sus manos se deslizaron por su bolso, un horrible estruendo rompió en abismal silencio, ella con sus delirios y su amor pasado habían dejado de existir.




Sus manos gastadas recorrían caminos nuevos, caminos que se veía obligado a conocer. El tono blanquecino de las paredes lastimaban sus ojos, y el suelo frio le recordaba sus antigua labor. Se decía que debía ser fuerte, que el hecho de verse encerrada no le impedía vivir como antes lo había hecho. Recordaba la coloración rojiza de esos múltiples ojos ajenos; eso le daba fuerzas para seguir. Deshilaba constantemente sus sabanas; y en un continuo tejer su rostro recuperaba color. Llegaba el día. No podía irse sin marcar nuevamente su paso, siempre lo hacía y siempre se veía forzado a hacerlo. Lo alcanzo a medio pasillo. Lo abrazo y nuevamente esos apaciguantes ojos rojos le daban serenidad a su vida. Los gritos le rodeaban, el sonoro golpe del martillo contra su soporte de madera le dio la sentencia de muerte.


1 comentario:

  1. y creo que las imágenes no pudieron ser más perfectas.

    Como siempre, un placer tus palabras Ale!

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