Y me tope conmigo misma, ese reflejo que considero verdadero, ese reflejo frio vacío y mío.
Tope contra todo lo que había vivido, no podía dar solución a los minutos que se iban enterrando... muriendo;
Tope contra todo lo que había vivido, no podía dar solución a los minutos que se iban enterrando... muriendo;
me perdía en mis memorias exageradas, me buscaba en mis secretos y huía de ellos en el preciso momento en el que se hacían poco más que insoportables; era simplemente incomprensible, y, esa era yo.
Suicida por naturaleza; y no de aquellas con manos ensangrentadas o ásperas del correr de las cuerdas; no de esas tiesas sin sentido, una natural y por decisión propia.
Suicida por naturaleza; y no de aquellas con manos ensangrentadas o ásperas del correr de las cuerdas; no de esas tiesas sin sentido, una natural y por decisión propia.
Me topé con todo lo que había hecho: vasos y escritos rotos, música: testigo de mis males, cuadros, fotos y retratos de un mundo no vivido por mí, y más que nada, me tope con un cumulo de dolores insuperables. Mi ser concluía que dormir ya no era necesario y empezaba a ceder ante un cansancio que se terminaría por volver costumbre, mis ojos se adentraban en los relatos escritos sobre mis propios días y con mis propias palabras, corregían y eliminaban decoraciones y así proseguían, constantes y melancólicos.
Yo no pedía nada, mis noches se convirtieron en el típico cliché de pan remojado en café, leche o en casos de necesidad té. Mi cuerpo vivía al límite de su libertad permitida. Y yo permanecía en constante lucha.
Me resignaba a quedar en medio de mis posibles extremos, y daba por sabido que en cierto momento me terminaría por consumir. Me resignaba a no encontrar lo que tan afanosamente había buscado y por quedarme viendo la nada; lo único que tenía. Me resignaba a la vida rodeada de gente que me hacía sentir cada vez más sola, a la vida sin sentido con la que había crecido y con la que había aprendido a convivir.
Yo no pedía nada, mis noches se convirtieron en el típico cliché de pan remojado en café, leche o en casos de necesidad té. Mi cuerpo vivía al límite de su libertad permitida. Y yo permanecía en constante lucha.
Me resignaba a quedar en medio de mis posibles extremos, y daba por sabido que en cierto momento me terminaría por consumir. Me resignaba a no encontrar lo que tan afanosamente había buscado y por quedarme viendo la nada; lo único que tenía. Me resignaba a la vida rodeada de gente que me hacía sentir cada vez más sola, a la vida sin sentido con la que había crecido y con la que había aprendido a convivir.
En tiempos pensé que no era yo la que habitaba mi cuerpo.
Mi alma siempre estaba harta y la voz que ella misma creó siempre le reprochaba su modo de vivir; era como si yo, fuera de mí, me juzgara en nombre de toda la sociedad, y como nada me importaba más que mis auto-críticas, y como nada podía herir más mi orgullo, este quedando sin que decir, con su poder interno hacia que mi cuerpo se rehusara a cambio alguno.
Hubo bastantes tiempos, agrados y desagrados. Nada en mi podía estar más arraigado como la incomprensión y el intento de entendimiento del ser humano, y si ni yo misma me entendía no podía comprender las razones de los demás. Mis propias acciones me mareaban y me resultaban vanas y falsas, me decía repetidamente que llegaría el día en el que me apagara, y que mientras este llegaba, por miedo a la muerte, solo me quedaba aferrarme a él y a su espera. Mis pasatiempos se perdían, juegos y risas estaban desapareciendo; con todos y todo mi persona era diferente, mas no por placer si no por necesidad. No tenía que hacer, ya nada me llamaba la atención, estaban perdidas mis musas y mis inspiraciones… mi reflejo me estaba matando.
Hubo bastantes tiempos, agrados y desagrados. Nada en mi podía estar más arraigado como la incomprensión y el intento de entendimiento del ser humano, y si ni yo misma me entendía no podía comprender las razones de los demás. Mis propias acciones me mareaban y me resultaban vanas y falsas, me decía repetidamente que llegaría el día en el que me apagara, y que mientras este llegaba, por miedo a la muerte, solo me quedaba aferrarme a él y a su espera. Mis pasatiempos se perdían, juegos y risas estaban desapareciendo; con todos y todo mi persona era diferente, mas no por placer si no por necesidad. No tenía que hacer, ya nada me llamaba la atención, estaban perdidas mis musas y mis inspiraciones… mi reflejo me estaba matando.
Y asi ya mis ojos sumidos en un abismo negro no dejaban de ver las palabras, de quitar lo simbólico y renombrar las cosas, de ya no conocerlas, mis pies se agotaban de subir y bajar en este mundo de tanto ajetreo y ruido… mis oídos ya no me escuchaban y el aire ardía a cada paso por mi garganta. Mis ideas eran más herradas día con día, me había acostumbrado a ver la monstruosidad del hombre; mas ahora, hasta eso me confundía, ahoran en mis últimos días una extraña sensación se apodero de mí. Todo era inexplicablemente llamativo: “hermoso”. Me preguntaba qué era lo que había hecho en la vida, y que haría en la muerte. Me preguntaba que había hecho yo de mí en este circo social, que era lo que me había pasado. Mis suspiros no daban solución y encerrada en mi junto a un árbol que había crecido conmigo llore. Pensaba en las máscaras de los demás y en las que yo no me había atrevido a usar. Me causaba un miedo propio cada que recordaba alguna verdad dicha y repetida; pensaba y moría.
Moría lentamente y sin miedo, moría como nadie lo había hecho y nunca lo haría; murió primero mi reflejo, luego mi cuerpo, y mi alma sin respuestas tras la muerte siguió penando.
Moría lentamente y sin miedo, moría como nadie lo había hecho y nunca lo haría; murió primero mi reflejo, luego mi cuerpo, y mi alma sin respuestas tras la muerte siguió penando.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario