Y noté lo mal que había quedado la pared; ella no tenia la culpa y había sido la única en sufrir mis penas, mis desahogos, mis iras. La mire, ni triste ni desconsolada. No podría decir que destruida, además de lo que yo le había hecho, tenia marcas que en mi habían dejado, y que ella sin razón alguna las compartía.
Yo llegaba de donde nunca me lo podría suponer, era una tarde inusual, algo fría; me había visto en la absurda necesidad de llevar suéter, una bufanda que en lapsos había tenido usos que a su apariencia no lo favorecían y mis clásicos pantalones desgastados.
Algo tenia ese día, me levante sin la más mínima idea de lo que podría ocurrir.
Cruce las puertas, arcos y pasadizos que mis pies conocían de memoria. De mi ser que sabia que debía de estar ahí, camine y fui a donde se que tengo que ir, y se que tengo que ir hoy a donde fui ayer, y a donde suponía iría mañana y el día después de todos lo que vivo como presente.
El día fue como tenia que serlo, el café estaba amargo, y sentía como se enfriaba con el paso del tiempo, mis manos perdían calor y mi cuerpo moría con el último trago del vaso que aun llevaba en la mano.
Saludos y ademanes me rodeaban, y todos se perdían de vista.
Muchas palabras (holas, adiós) muchas que ya no escuchaba con atención, y otras que me interesaban mas al darme cuenta de que era la ultima que escucharía con ese tono de voz.
Escritorios, mesas, bordes dorados y plateados que resaltaban con los rayos de sol que se arriesgaban a entrar entre las rendijas del ventanal oscuro.
Las mismas frases, las quejas y recados y las evasiones que sabía habían de suceder.
Todos los clientes que habían atravesado mis puertas y los limites de mi paciencia me preguntaban si me encontraba bien, yo me cuestionaba en ese mismo instante su era tan obvio mi sentir, y así como me repetía a mi mismo, les decía a ellos que era un ligero dolor de cabeza que hacia horas que no se quitaba, y así, cuando uno a uno iban quedando en el pasado de la sala de espera, yo abandone el despacho horas antes.
Solicite que fuera una tarde verdaderamente mía, y así, con ese intenso malestar olvidado, y conmigo mismo partí de mi vida diaria.
Pase horas dando de vueltas por las calles llenas de gentes extrañas, por las calles en las que desconoces hasta tu reflejo.
Pase horas dando vueltas en mi propia cabeza; entrando y saliendo; creándome puertas y mundos, entrando y saliendo de mi mismo, de mi imaginario, de mí y de uno de mis tantos yo.
Pase la tarde como antes, mucho antes de su llegada, hoy podía hacerlo, tome otro café, y este no estaba amargo.
Mis manos repetían los ademanes matutinos y así como iba cayendo la noche, iba cayendo en mí la última decisión. Hice una escala de camino a casa.
Estacione el carro, deje en el mis ocupaciones laborales y un poco de mi sentido común.
Estacione en la justa entrada de la casa, y cubrí con el auto, lo desaliñado de mi jardín.
Subí los pequeños escalones de la entrada y suspire; deje un suspiro con el aire, y entre ellos huyeron a lo que solo yo sabia que pasaría.
Lo frio de mi espalda se concentraba solo en la parte del cinturón, un bulto inusual hacia sentir extraño a mi cuerpo.
Gire la llave dos veces a la izquierda y con un movimiento brusco entré. Su voz resonaba al fondo del lugar, y se hacia, cada vez mas agria, mas molesta.
Gire la llave y abrí la puerta que me llevaba a la esclavitud.
Ella apareció en el pasillo, con mi camisa puesta y con una mirada extraviada.
Te esperaba hace horas- dijo- te esperaba...
Di la vuelta y apresure el paso dolido a la cocina, no sabia que decir.
No sabía como decir que esto estaba por terminar; ambos llegamos a la mesa y ambos tomamos una tasa de café, la primera juntos, y mi tercera solo...
No te quiero, le dije, ya no lo hago y no lo podre hacer.
Ella me miro extrañada, escudriño con su vista cada parte de mi cuerpo; ¿que ya no me quieres?-pregunto- eso no puede ser, nunca lo has hecho. Se levanto y se fue a la blanca pared que estábamos pintando.
Ya no te quiero, esto ha muerto y con ello he muerto yo.
Ambos callamos, era lo que siempre hacíamos, ambos callados hicimos un vacio nuevo, un vacio al que no nos queríamos acercar.
Saque el arma de mi pantalón y ella comenzó a llorar.
Te imploro- decía- no lo hagas, me iré si es lo que tú quieres, me iré y no sabrás de mí, me olvidaras, me iré...
Yo me iré, le dije; y así como me voy yo tu te iras. Nos iremos a cosas diferentes y te aseguro, no dolerá.
Noté lo mal que había quedado la pared, su sangre regada formaba un patrón que no iba con el decorado del apartamento, note lo mal que había quedado yo, mi mano de café temblaba, y mi café ya estaba frio.
Note que su cuerpo sin vida era igual al mío que se movía, note que era un espíritu libre que se había esclavizado a la culpa.
Tome el teléfono, y lo deje sin línea.
Tome su cuerpo y lo lleve al sofá.
Me tome a mi a mi, fui al baño, lave mis manos, lave mi boca, me tome tal y como era en ese momento, recordé como era 5 minutos antes, pinte nuevamente la pared. El olor de la pintura fresca inundo todo el lugar, suspire y fui feliz.
PAPA:
ResponderBorrarHola, me recordó esencias de Sarte y
Saramago, pero muy particular, obsesivo y bien trazado. Interior e intenso resulta jocoso y triste, muy bueno.
y es que no me canso de leerlo :)
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