Quítame de mí y hazme tuya.
Que en cementerio y tumba tan desconocida ni los muerto puedan reírse de mí.
Mátame lentamente entre tus versos y promesas rotas, entre tus versos e ilusiones poco entendidas.
Mátame mientras omitas de mi mis gritos y ruegos.
Mátame mientras tus oídos escuchen a tu propio ego y mi voz, agonizante, no afecte tu acción.
Llévame tan lejos como puedas, llévame entre los placeres y el dolor orgásmico que reviste a todas las relaciones y faenas supuestamente amorosas.
Alista tus mejores ropas y alístame a mí entre besos empapados de sangre tuya, de sangre mía y de colores perdidos entre fabricaciones sociales.
Alístame y retira de mi toda subjetividad humana, retírame las ilusiones nacidas en ti antes de mí y antes de los gusanos que devoraran mi ser.
Conviérteme en un muerto sin cuerpo, y da a entender que mi completa idea fue una más de tus demencias encarnadas, una más de tus locuras hechas vicio, y dame por fin sepultura entre tus sueños.
Mátame a sabiendas de la poca importancia que ese hecho tiene en mí.
Tanto en tu mente como en tu cuerpo deja que mi idea muera y se reseque.
Recorre lentamente las calles y los mundos que son supuestos testigos de mi existencia, recorre esos días más de cientos de veces, recórrelos y entre el inicio del acto y el final: redecóralos o elimínalos.
Mátame y destrúyeme entre tú boca, niégame sin lugar de culpa o duda.
Destrúyeme entre tu olvido insano.
Mátame y déjame morir en ti.
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